El Quijote de Fernández de Avellaneda · Quijote Apócrifo

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[20050401]

Desde su publicación en 1605, El Quijote se convierte en un éxito mundial y a su sombra en 1614 Alfonso Fernández de Avellaneda publica el famoso Quijote de Avellaneda que viene a ser la segunda parte del Quijote que tanto pedía el público. Se dice que la Inquisición encargó este libro para dejar al Quijote de vuelta a la vida real y por el buen camino. También se especula con que fuera un ex-compañero de Cervantes que se vio reflejado en la primera parte y no le hizo mucha gracia.

Éste falso Quijote (al más puro estilo comercial de nuestros días) es comentado por Cervantes en el prólogo de la segunda pare y también lo menciona en diálogos de los personajes de la misma

El Quijote de Avellaneda se convirtió en un libro maldito y Fernández de Avellaneda fue muy criticado y tardó casi un siglo en volver a imprimirse.

Ahora, en el contexto del Centenario Editorial Poliedro reedita el Quijote Apócrifo (Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha) con prólogo de José Antonio Millán

Esta edición se ha hecho de acuerdo con la edición facsimilar de "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" de Avellaneda, más conocida como "El Quijote apócrifo", y reproduce fielmente el texto completo de la novela, con actualización de las puntuaciones y de la ortografía.

En 1905, cuando se celebraba el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote de Cervantes, la librería Científico Literaria de Barcelona editó por primera vez "El Quijote apócrifo" completo, que desde 1805 había circulado con cinco capítulos menos, eliminados por la censura y que contienen las historias de "El rico desesperado" y "Los felices amantes".

Millán defiende en su prólogo la lectura de la obra sin prejuicios y recomienda dos capítulos independientes para apreciar una orba bien escrita y con hilo argumental

El Quijote Apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda


El Quijote de Fernández de Avellaneda · Quijote Apócrifo Reedición de Editorial Poliedro Libros de Editorial Poliedro
Prólogo al lector. Autor José Antonio Millán disponible en (http://jamillan.com/quijap.htm)

Los números romanos entre paréntesis precedidos del número 1 o 2 indican capítulos del Quijote de Cervantes, respectivamente de la Primera o Segunda parte. Sin cifra arábiga remiten a capítulos del Quijote de Avellaneda

La historia es bien conocida: en 1614, nueve años después de la aparición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, vio la luz con pie de imprenta de Tarragona un libro titulado Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. La obra se presentaba con una continuidad perfecta con su antecesora: "contiene su tercera salida: y es la quinta parte de sus aventuras", lo que se contradecía desde luego con su autoría confesa: "Compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas".

En el momento de la aparición de la obra de Avellaneda, el Quijote disfrutaba de un éxito notable (aunque en absoluto era la más famosa de su época): acumulaba casi una decena de ediciones y tenía ya traducción al inglés y al francés. La verdad es que Cervantes había dejado la puerta abierta a una continuación: su libro terminaba "con esperanza de la tercera salida de don Quijote", y añadía (conscientemente o no) una invitación a cambiar de autor, bajo la forma de un verso del Orlando furioso: "Quizá otro cantará con mejor plectro [púa para tocar instrumentos de cuerda]".

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El libro de Avellaneda comienza pidiendo guerra desde el mismo prólogo: "Como casi es comedia la historia de Don Quijote de la Mancha", y en pocas líneas se deshace en insultos a Cervantes: viejo, manco, orgulloso, deslenguado..., y sin cambiar de página le acusa de haber ofendido a dos personas: a quien escribe "y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras", larguísima perífrasis que descubre más que enmascara al entonces enemigo de Cervantes, Lope de Vega.

El resto de la historia tambien es bien sabida: Cervantes conoció la continuación apócrifa cuando estaba redactando la Segunda parte, que publicó en 1615 (firmada "por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su primera parte"), y que está extraordinariamente influida por las peripecias del caballero y el escudero avellanedescos.

¿Quién era Avellaneda? Por supuesto, ni se llamaba así, ni era de Tordesillas. Los debates sobre su identidad se encabalgan a lo largo de varios siglos, durante los que se han dado un centenar de respuestas diferentes. La más famosa es la de Martín de Riquer, que quiere reconocer en el galeote Ginés de Pasamonte del Quijote (1 XXII) al soldado aragonés Gerónimo de Pasamonte, que compartió acciones militares y cautiverio con Cervantes, que escribió su autobiografía y que, ofendido por el trato que le dispensó Cervantes en su obra, se habría travestido de Avellaneda.

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Cervantes debía de saber muy bien quién era el autor de la continuación de su novela, y mucha gente de la época también; tanto, que nadie consideró necesario consignarlo por escrito (como ocurre hoy con la identidad de amantes de personajes encumbrados). Semejante dato, pues, no nos ha llegado, para satisfacción de incontables eruditos que podrán seguir ofreciéndonos páginas fascinantes al respecto. Además, a cuatro siglos de distancia, las claves pueden estar notablemente oscuras, y más por proceder de una época con gusto por la cifra y el ocultamiento. El mismo pseudónimo del autor, ¿no empezará ya remitiendo al "avellanado" del prólogo de Cervantes a la Primera parte?

Estas páginas introductorias quieren proponer una lectura literaria de la obra. Ésta no es una edición filológica, ni anotada, y su prólogo sólo intenta ser la voz de un lector de Cervantes y de otros autores del Siglo de Oro que propone al lector actual algunas vías de acceso a una obra que está en el centro de un complejo nudo de tensiones históricas y literarias.

Acercarse al Quijote (al Quijote "de verdad", al de Cervantes), bajo la espesa capa de erudición e interpretaciones que le oprime, es ya muy difícil: decía el Menard borgiano que "la gloria es una incomprensión y quizá la peor". De modo que imagínese el lector la dificultad de entrar en el de Avellaneda, una obra "apócrifa", "rencorosa", "inferior", una obra que —de creer a sus exégetas— empobrece a los personajes de Cervantes, y, por tanto (dado que estos son una encarnación del "ser español" o —todavía más— de lo "espiritual" y "material" del ser humano), resulta una caricatura de todo lo que hay de elevado...

Lo curioso es que la mayor parte de la crítica anti-Avellaneda, por ejemplo el juicio sobre los personajes del falso tordesillesco, no hace sino seguir la que formula el mismo Cervantes en su Segunda parte. Así, para el personaje Don Álvaro Tarfe, el Sancho falso "más tenía de comilón que de bien hablado, y más de tonto que de gracioso" (2 LXXII). Pero recordemos que es injusto comparar al caballero y escudero de Avellaneda con los muy desarrollados personajes de la Segunda parte cervantina (a cuyo crecimiento contribuyeron), sino, en todo caso, con sus antecesores de la Primera parte.

Y ya que ha surgido el nombre de Álvaro Tarfe, llamaremos la atención sobre este personaje, porque resume muy bien el eco del apócrifo en Cervantes. En la novela de Avellaneda, Tarfe aparece tempranamente y se convierte en una especie de hilo conductor. Pues bien, Cervantes le introduce en el capítulo LXXII de su Segunda parte (¡robando así a un personaje al ladrón de Avellaneda!), con el exclusivo fin de desautorizar a su primitivo creador. Pero al hacerlo mediante un subterfugio narrativo (don Álvaro se ha encontrado antes con los falsos Quijote y Sancho) da carta de realidad en su ficción no sólo al ajeno Tarfe, sino a los mismos Quijote y Sancho espúreos, y a la propia obra de Avellaneda "recién impresa". ¡La fusión de los universos narrativos ha consumado una extraña realidad cuántica por la que deambulan, sin rozarse, dos versiones distintas de toda una serie de personajes! Y cuando entran en confrontación ("el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas"), el Tarfe cervantino toma partido, sobre bases que sólo pueden ser literarias: "Por Dios que lo creo —respondió don Álvaro—, porque más gracias habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado que el otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas" (2 LXXII).

Un digno remate de esta situación habría sido (y aquí sólo podemos dar la razón a Nabokov) que la Segunda parte cervantina hubiera terminado con el duelo entre ambos Quijotes...

Al lector desprejuiciado y curioso (el lector por antonomasia) que se acerque a esta obra le espera una sorpresa. Desde las primeras páginas se verá ante una obra bien escrita, muy divertida, desvergonzada... y asombrosamente respetuosa con la de Cervantes. Respetuosa porque es perfectamente coherente con el hilo argumental de la primera entrega, y hace un buen ejercicio de continuación.

Si prescindimos del prólogo y de una alusión a los cuernos de Cervantes (IV), nos encontramos con un libro que no pretende en absoluto molestar, sino continuar. Si un improbable hallazgo documental demostrara que Lope (o un partidario suyo) había encontrado ya escrita una continuación del Quijote, sin especial animus iniuriandi contra Cervantes, y se había limitado a ponerle un prólogo y a hacer una interpolación menor, nos lo creeríamos inmediatamente. El Quijote apócrifo es la obra de un autor a quien lo que más le interesa es escribir como Cervantes (...o tal vez escribir lo que Cervantes). La sutura de la obra avellanedesca con la Primera parte del Quijote es una constante. En un momento dice el Sancho apócrifo sobre su amo:

es hombre que ha hecho guerreación con otros mejores que vuesa merced, pues la ha hecho con vizcaínos, yangüeses, cabreros, meloneros, estudiantes, y ha conquistado el yelmo de Membrillo, y aun le conocen la reina Micomicona, Ginesillo de Pasamonte y, lo que más es, la señora reina Segovia, que aquí asiste (XXIX).

Este párrafo alude sucesivamente a tres episodios de Cervantes, a dos de Avellaneda, a tres nombres propios del primero y a uno del segundo. Para que se vea qué entramado de referencias cubre el párrafo, estos son, ordenados en la cronología de la acción, los capítulos aludidos: de la Primera parte: IX, X, XI, XXI, XXII, XXIX; de Avellaneda: VI, XXII, XXV. Son nueve puntadas en vaivén que unen a la perfección las dos obras, y que además demuestran (dado que las seis referencias a la obra de Cervantes están ordenadas, con una sola excepción, según su aparición en la obra) el cuidado con el que el autor del apócrifo manejó su antecedente.

La práctica de coger una obra ajena para continuarla era frecuente precisamente en los libros de caballerías, y es un uso que se mantiene vivo en el momento de aparición del apócrifo. Avellaneda alude a ello en su prólogo, y aporta el ejemplo de las descendientes de La Celestina (en la misma época que él escribía su continuación aparecía en Zaragoza La hija de Celestina de Salas Barbadillo)... Una razón para escribir secuelas podía ser sencillamente la económica: quien se aprovechaba de una fama preexistente tenía un buen punto de partida. Avellaneda es bien consciente de ello cuando habla de: "la ganancia que le quito [a Cervantes] de su segunda parte". Pero, insisto, la continuación no deja de ser una forma de homenaje. Hoy en día la Red hierve de entregas de fanfic, ficciones escritas por fans de películas anime japonesas o de libros de Harry Potter, que prolongan las aventuras de sus héroes más allá de donde el autor quiso o consideró conveniente llegar.

Hemos dicho que el Quijote apócrifo es una obra bien escrita (aunque eso es una afirmación opinable, mientras la crítica literaria no se convierta en una ciencia exacta —lo que nunca ocurrirá), pero lo que no se puede negar es que es divertida y amena. Todo ello, incluso la buena escritura, es bien posible, por una sencilla razón: la época en la que vivió Cervantes brilla con fuerza propia en el teatro, en la poesía, en la prosa doctrinal... y en la narrativa. Si no dejamos que nos ciegue el monocultivo cervantista y la quijotelatría excluyente tan al uso, convendremos en que las letras española de la época tenían un nivel excelente. Hacia 1605 había muchos escritores o escribidores (¿los más de cien presuntos Avellanedas?) capaces dar buenos frutos a partir de la pauta de acción y lenguaje creada por Cervantes, muchos capaces de empuñar esa pluma "fácil, jovial, casi inconsciente" que Azorín reconocía en el apócrifo.

La pluma de Avellaneda es, además de estas cosas, lasciva ("libidinosa", para Menéndez y Pelayo). Su Quijote incluye (a la manera de lo que hizo Cervantes con la novela del "Curioso impertinente", 1 XXXIII) la historia de "Los felices amantes". En ella se expone a lo largo de no pocas páginas el crecimiento del amor culpable entre Don Gregorio y Doña Luisa, priora de un convento. La relación tiene su primera culminación en una dilatada escena, de elevado voltaje erótico, con este remate fetichista:

—[Lo que quiero] No es —respondió don Gregorio— sino una mano de plata, que tales son las blanquísimas de vuesa merced, para besarla por entre esta reja.

—Aunque haya sido atrevimiento, señor don Gregorio —replicó la priora—, no dejaré de usar desa llaneza y libertad por haberlo prometido —y sacando de un curioso guante la mano, la metió por la reja, y don Gregorio, loco de contento, la besó, haciendo y diciendo con ella mil amorosas agudezas (XVII).

Escena que es parodiada desde dentro de la misma obra, veinte capítulos después:

—[...] Pero, si quiere que le diga la buena ventura en pago de la buena obra que me ha de hacer con darme la libertad que me ofrece, déme la mano por esta reja, que le diré cuanto le ha sucedido y le ha de suceder, porque sé mucho de la quiromancia.

Quitóse don Quijote la manopla, creyéndole sencillamente, y metió la mano por entre la reja, pero apenas lo hubo hecho, cuando sobreviniéndole al loco una repentina furia, le dio tres o cuatro bocados crueles en ella, asiéndole a la postre el dedo pulgar con los dientes, de suerte que faltó harto poco para cortársele a cercén (XXXVI).

Los amores pueden también entrar en un registro brutal, como en el cuento del "Rico desesperado":

—¿Es posible, señor mío, que un hombre tan prudente como vos haya salido a estas horas de su aposento y cama para venirse a la mía, sabiendo estoy parida de ayer noche, y por ello imposibilitada de poder por ahora acudir a lo que podéis pretender? Tened, por mi vida, señor, un poco de sufrimiento; y pues soy tan vuestra, y vos mi marido y señor, lugar habrá, en estando como es razón, para acudir a todo aquello que fuere de vuestro gusto, como lo debo por las leyes de esposa (XV).

Las numerosas escenas amorosas tienen su contrapunto jocoso en la vida erótica de Sancho Panza, en la que no existen los besos:

También Bárbara le rogó la bajase de la mula, pues estaba tan cerca de la venta, el cual lo hizo tomándola en brazos; y como para hacerlo fuese forzoso juntar él su cara con la de Bárbara, ella le dijo:

—¡Ay, Sancho, y qué duras y ásperas tienes las barbas! ¡Mal haya yo si no parecen cerdas de zapatero! ¡Jesús mío, y qué trabajos tendrá la mujer que durmiere contigo, todas las veces que las besare!

—¿Pues para qué diablos —dijo Sancho— las tenga de besar? Béselas la madre que las hizo, o Barrabás, que no tiene mocos; que para lo deste mundo, yo no beso a nadie, si no es a la hogaza cuando la cojo por la mañana, o a la bota cualquiera hora del día (XXVI).

Las insinuaciones de Bárbara la mondonguera, por cierto, llegan siempre a mal puerto:

—De aquí adelante, amigo Sancho, nos hemos de querer con el extremo que dos buenos casados se aman, pues ha sido el padrino de nuestras paces el señor don Quijote; y en confirmación dellas, quiero que durmamos esta noche dambos en el mesón donde llegaremos; que el corazón me dice no dejará de correr fresco que me obligue a procurar cubrirme con gusto con alguna manta, como la del pelo de vuesa merced, mí señor Sancho. Verdad es que imagino será menester rogárselo poco, pues tiene más de bellaco que de bobo.

No entendió Sancho a Bárbara de ninguna manera, y así le respondió:

—Lleguemos una vez con salud al mesón y cenemos en señal de nuestras amistades, con el cumplimiento que mi amo nos tiene prometido; que en eso de la manta no faltarán dos y aun tres; que yo se las pediré al huésped para que las eche vuesa merced en su cama, cuanto y más que no hace agora tanto frío que obligue a procurarlas (XXVIII).

El humor verbal, que continúa fielmente el de pasajes muy divertidos de la Primera parte, tiene momentos grandiosos. Cuando Don Quijote reconoce a "La gran Zenobia, reina de las amazonas" ésta protesta: "—Yo señor, si bien soy mozona, no soy la reina Zenobia" (XXII). Y por supuesto Sancho pronto convierte este nombre en "la reina de Segovia" (XXVI).

Otro rasgo frecuente de Avellaneda es la ironía, incluso en temas delicados: al comienzo, Don Quijote, en vías de curación, es alejado de las sanguinarias aventuras de caballerías para dedicarse a lecturas reconfortantes:

Este libro trata de las vidas de los santos, como de San Lorenzo, que fue asado; de San Bartolomé, que fue desollado; de Santa Catalina, que fue pasada por la rueda de las navajas (I)

El retorcimiento de Avellaneda queda patente en muchos lugares. El mencionado cuento de "Los felices amantes" tiene un argumento que sonará al lector: la monja pecadora cuya ausencia del convento guarda un ángel, o la misma Virgen. Viene de fuentes medievales, poco tiempo antes había dado lugar a La buena guarda o encomienda bien guardada de Lope de Vega y luego produciría Margarita la Tornera de Zorrilla. Avellaneda dilata, como hemos dicho, la parte amorosa, pero cuando llega el final no puede dejar de observar que el confesor de la priora del convento ha estado confesando y dando la comunión nada menos que... a la mismísima la Virgen María, que cubría su puesto (XIX).

Tiene el Quijote apócrifo momentos groseros, como el episodio de los gargajos (XXIII) (que sin embargo Quevedo supera con amplitud en una famosa escena del capítulo V del Buscón), o abiertamente escatológicos: "me espantó denantes cuando la vi con tan mala catadura; que había, de la cera que destilaba la colmena trasera que naturaleza me dio, para hacer bien hechas media docena de hachas de a cuatro pábilos" (XXII); pero también lo es Cervantes en la aventura de los batanes (1, XX). Sin embargo, decir del libro de Avellaneda que "todo es batanes", como hizo don Marcelino Menéndez y Pelayo, resulta claramente excesivo. Asimismo Avellaneda puede ser crudamente misógino:

las tetas, que descubría entre la sucia camisa y faldellín dicho, eran negras y arrugadas, pero tan largas y flacas, que le colgaban dos palmos; la cara, trasudada y no poco sucia del polvo del camino y tizne de la cocina, de do salía; y hermoseaba tan bello rostro el apacible lunar de la cuchillada que se le atravesaba" (XXIV)

Pero este género de descripciones de mujeres abundan en Quevedo, e incluso las hay en Cervantes (1, XVI). En resumen: ni por la calidad ni por la cantidad de episodios del estilo ésta resulta una obra mucho más "grosera" que sus coetáneas.

El Quijote apócrifo se cierra en un paralelo exacto del cervantino: se alude a las presuntas fuentes documentales de la historia, se anuncia una salida posterior, el resumen de cuyas aventuras se ofrece, y se hacen protestas de veracidad. Si la Primera parte del Quijote se cerraba con la petición de que le dieran "el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías" (2 LII), Avellaneda dice que las andanzas de su héroe son tan verdaderas "como las que recogió el autor de las primeras partes que andan impresas" (XXXVI). La burlesca operación transitiva de la Primera parte ha sufrido una nueva vuelta de tuerca, que a su vez es un elemento más de unión con ella. Y, como remate, un nuevo envite a que otro continúe el relato:

y él, sin escudero, pasó por Salamanca, Ávila y Valladolid, llamándose el Caballero de los Trabajos, los cuales no faltará mejor pluma que los celebre.

Es el genio de Cervantes refractado en el genio de Avellaneda, en una época en que brillaban muchos genios dominados por el Fénix de los Ingenios.

Propongo al lector de hoy dos posibles itinerarios de acceso a la obra. El escéptico o apresurado podría empezar por los dos cuentos que tiene en su interior: "El rico desesperado" (XV-XVI) y "Los felices amantes" (XVII-XX). Ambos tienen autonomía para ser leídos aisladamente, son atrevidos y provocadores y, sobre todo, no implican ni a Don Quijote ni a Sancho: el lector estará ante unas obras que dejan en paz a Cervantes. Si cuando ha terminado estos dos cuentos no se vuelve corriendo hacia el capítulo I, por lo menos habrá disfrutado con su lectura.

El itinerario normal (comenzar por el principio) sumergirá de pronto al lector —al que suponemos conocedor del Quijote cervantino— en una curiosa sensación de extrañeza: ante sus ojos se despliega una especie de universo paralelo por el que circulan los dos bien conocidos personajes de la Primera parte del Quijote, cuyas peripecias, como hemos dicho, recuerdan y emulan. Se trata (como no pudo menos de reconocer Menéndez y Pelayo), de "episodios interesantes y bien imaginados." Son una sucesión de encuentros, que la locura quijotesca malinterpreta, y a los que siguen los consabidos desengaños. La acogida que dispensan al caballero y el escudero nobles protectores (precursora de la aventura de los Duques en la Segunda parte cervantina) introduce variedad en esta pauta, que discurre con ligereza entre hallazgos verbales y una indudable comicidad.

Cervantes, el viejo y desdentado escritor, habría de morir poco después de publicar su continuación, tan afectada por la aparición de la de Avellaneda. De éste nunca más se supo, pero la fama del Quijote no bastó para que sus coetáneos conservaran bien las obras de Cervantes (en las que nos han llegado hay atribuciones dudosas, y probablemente alguna se ha perdido), o sus manuscritos (casi todos perdidos), para que cantaran su gloria (Cervantes nunca fue puesto al nivel de un Góngora, Lope o Quevedo), y ni siquiera para que quedara un retrato suyo (los que pasan por tales son con seguridad falsos). El Quijote se publicó durante muchas décadas en ediciones infames, hasta que el fervor que los ingleses del XVIII manifestaron por la obra tuvo un eco en la península que condujo a su recuperación editorial (edición de la Real Academia de 1780). El tercer centenario de la publicación de la obra (1905) marcó el florecimiento de las interpretaciones filosóficas y nacionalistas de la obra, y fue el espaldarazo a lo que Daniel Eisenberg llama el "cervantismo oficial" (el de ayuntamientos, diputaciones o ministerios), que financia placas y monumentos más que investigaciones, y que rebrota en este cuarto centenario en el que estamos sumidos... En 1941 escribía Borges (por boca de su personaje Menard) que el Quijote de Cervantes "ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo". Ójala pueda ser también ocasión de deleite de lectura, de goce lingüístico, y —más que agujero negro literario— pórtico de entrada a la época más rica de la letras españolas.

Azorín publicó unas páginas sobre Don Quijote con el título de Con permiso de los cervantistas. Cierro este prólogo con el permiso de los cervantistas, de los avellanedistas, de los lopistas y de todos los -istas que haya o que puedan surgir. Esta no ha sido sino mi lectura del Quijote de Avellaneda, y se la brindo a todos los lectores que quieran hacer algún uso de ella. Vale.

[El Quijote Apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda · Editorial Poliedro · Prólogo José Antonio Millán]

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